DICTADURA DE SANTA ANNA

Santa Anna acepta “sacrificarse” por la nación

El gobierno conservador le ofrece gobernar el país bajo los principios conservadores. Santa Anna acepta “sacrificarse por el país. Alemán ofrecía a Santa Anna todos los recursos de su partido.

Principios conservadores:

  1. Conservar religión católica, sostener el culto con esplendor y arreglar lo relativo a la administración eclesiástica con el papa.

 

  1. Abolición del gobierno federal y elecciones populares.

 

  1. Nueva división territorial, dejando la forma de estados vigentes, con el fin de facilitar la administración.

 

  1. Organización de un ejército competente y de las antiguas milicias provinciales.

 

El presidente promulga las Bases para la Administración de la República hasta la promulgación de la Constitución, las cuales establecían que entrarían en receso las legislaturas locales y la federal con el fin de poder ejercer las amplias facultades que se le habían concebido.

25 de abril el ministerio de Justicia expide la Ley Lares, por la cual se hace casi imposible la prensa libre.

Santa Anna destierra varios liberales y encarcela otros.

El 11 y 14 de mayo se promulga la centralización del poder público y de las rentas de la nación. El decreto del día 20 promulga la formación de un ejército de 90 mil hombres.

Expedición de la Ley de Conspiradores.

En junio se restableció la compañía de Jesús, se obligó a todos a viajar con pasaporte dentro del país, se derogó la ley libera de Gómez Farías referente a los votos monásticos y autorizó el funcionamiento de los conventos.

Finales de 1853. Indemnización de 10 millones de pesos por la pérdida de la Mesilla.

Noviembre de 1853. se declara el Acta de Guadalajara, la cual permite al presidente continuar con sus poderes discrecionales conferidos. En caso de fallecer o de imposición física o moral, escogería sucesor. En resumen, su tratamiento sería de Alteza Serenísima.

Disgusto y animadversión de todas las clases del país hacia el gobierno santanista: los conservadores lo odiaban porque la efervescencia popular pondría en riesgo sus intereses; los moderados porque consideraban completamente ilegal su régimen y porque habían sido heridos sus intereses de propietarios y de industriales; los radicales por todo, pero principalmente por sus ataques a las libertades civiles y políticas, por sus medidas persecutorias y por sus proyectos monárquicos.